martes, 2 de abril de 2013
COMBUSTION- CAPITULO VII-
La medicación me atonta y no me deja pensar. Estoy en un estado de semi-inconsciencia en el que no atino a encadenar dos palabras seguidas. Me costó horrores llamar a la empresa para comunicar que no iría hoy a trabajar. Percibí cierto grado de preocupación en la voz del jefe de Recursos Humanos, como intentando sonsacarme el motivo real de mi ausencia. Y qué le voy a contar, ¿que sufro de paranoias en las que siento que mi cuerpo se deshace en tiras de piel derretida? ¿que cada vez que tengo una crisis me empastillan hasta hacerme perder la razón?
Esto no puede seguir así, pero no sé que hacer.
Susan cierra el cuaderno y decide prepararse un baño con sales relajantes. Llena la bañera y desliza su cuerpo desnudo en el agua tibia y aromatizada. En la repisa tiene preparada una copa de vino pero no se decide a beberlo por si le sienta mal. Los tranquilizantes y el alcohol nunca se llevaron bien. Se queda mirando el líquido morado y cómo el brillo de las velas que encendió para crear un ambiente "zen" dibuja sombras en el alicatado de la pared. Parecen llamas. Aleja este pensamiento de su cabeza. Hoy no habrá llamas, ni angustia, ni dolor.
El sonido del teléfono la despierta y agita los brazos asustada. Gotas de agua salpican paredes y suelo, como una lluvia de cristales rotos. Por un momento teme haber tirado la copa de vino. Susan sale de la bañera y se enrolla atropelladamente en la tolla. Nota los músculos relajados y su cuerpo hipotónico, aunque al salir la piel se le eriza por el cambio de temperatura. Tarda un rato en darse cuenta de que es el teléfono fijo y no el móvil el que suena. No reconoce su propia voz cuando contesta:
- ¿Sí?
- ¿Señorita Howard?
- Sí, yo misma.
- Soy Herrera, el enfermero que le atendió tan pronto llegó a urgencias.
- Ah, sí... - le podía haber atendido el mismísimo Obama, que no se habría acordado.
- Quería preguntarle cómo se encuentra, si le sienta bien la medicación y las terapias.
- Eh, sí, creo que sí - no sabía qué contestar, si antes estaba desorientada, ahora más. ¿Desde cuando te llama un enfermero de urgencias?
- Bien, su ingreso ha sido bastante... eh...chocante - notó cierto tono de duda.
Silencio.
- La verdad es que me quedé algo sorprendido por su caso.
Silencio.
- Lo cierto es que sólo yo he visto... en fin...¿puedo recomendarle a un colega que quizá pudiera ayudarla?. Lo conozco desde hace varios años y está especializado en... bueno... en casos similares.
- ¿A qué se refiere con casos similares?
- Bueno... casos, digamos, extraños - seguía el tono de duda.
Silencio.
- Mire - notó la urgencia en su voz - sinceramente me quedé realmente anonadado cuando la vi llegar. Sufría los síntomas de un quemado de tercer grado, fiebre y convulsiones. Su piel ni siquiera estaba enrojecida, pero sufría los dolores de una persona que hubiera sufrido quemaduras en el noventa por cien de su cuerpo. Nunca había visto algo parecido. ¡Por Dios, si hasta tenía la ropa pegada a la piel!
Silencio, Susan empezó a temblar.
- Yo mismo le apliqué antibióticos y apósitos extraabsorbentes, y vi como... vi como salía humo de su pelo...
Susan se tocó la cabeza instintivamente.
- Cuando llegó el médico su temperatura había vuelto a la normalidad, y solo quedaban señales de una profunda e inconsolable angustia...
Silencio.
- Mire, hágame caso. Este hombre no sólo es médico. Quiero decir que ha atendico casos, digamos, poco comunes. Por favor, anote su número y llamele cuando pueda.
Herrera colgó después de otro instante de silencio.
Susan soltó el auricular lentamente. El número de teléfono de Artur Gonçalves pareció brillar por un instante con una luz blanca y limpia, una luz muy diferente a la de las llamas que poco a poco iban consumiendo su alma.
COMBUSTION - CAPITULO VI -
29, octubre, 1980.
La paciente se presentó en consulta presa de gran agitación. Refirió que durante el trayecto hasta esta clínica, estuvo a punto de ahogarse de angustia. El motivo, según su explicación, fue la visión de un periódico ardiendo en la calle. Dice sentir un pánico irrefrenable de duración variable. Desde unas horas a varios días. No experimentó ningún tipo de trastorno sensorial, ni fenómenos extrapiramidales cuando fue sometida a tratamiento con antidepresivos tricíclicos.
La pauta terapéutica aplicada en la actualidad, vista la inoperancia de la administración farmacológica, se objetiva en la práctica de psicoterapia de apoyo dos veces al mes. Se intentó la práctica de sugestión hipnótica, sin resultado ya que la paciente no se mostró receptiva. Se le propuso la práctica de narcoanálisis,
a lo que se negó, objetivando la relatividad de su resultado, del que fue previamente informada.
La paciente no presenta síntomas de manía, ni de trastorno obsesivo-compulsivo, toda vez que la angustia que nota se reduce a la contemplación del fuego, o bien al período de ensoñación en el que experimenta sensación física correspondiente a la quemadura directa sobre la piel. Por lo demás, es capaz de inte-
rrelación positiva con su entorno, sin reacciones depresivas endógenas, ni otra clase de alteraciones psicosomáticas evidentes.
Tras el correspondiente exámen y con la aprobación de la paciente, disponemos la continuidad del tratamiento de psicoterapia, con el mismo régimen de asistencia que ha venido desarrollando hasta la fecha.
Próxima consulta: 15, diciembre, a las 18,30 horas.
Al final de la ficha, a lápiz, hay una nota manuscrita del médico:
"¿Posible desatención anímica por parte de algún familiar? ¿Desazón por anterior relación sentimental? ¿Resistencia inconsciente a reconocer la verdadera causa de su dolencia? Las fobias revelan una faceta de la personalidad que tiende a la inseguridad, a la duda, y denota temor al rechazo. Averiguar las causas de esas manifestaciones puede ser la solución del problema. Es trabajo arduo y persistente. Hasta ahora la paciente no ha dado ninguna indicación sobre posible interacción de su fobia con su personalidad".
martes, 12 de marzo de 2013
COMBUSTION - CAPITULO V -
RGRIVERO
“Esta noche fue un
espanto.
No me salen las
palabras y aun tiemblo cuando pienso en ello.Ya no intento buscar explicación, ni razonar los motivos de que este maldito fenómeno se manifieste con mayor o menor intensidad. Al principio lo achacaba a los nervios, a las vueltas que mi cabeza le da al asunto, a haber sufrido algún pequeño disgusto… pero nada, no hay un parámetro consecuente que explique mi problema. Mi problemón, para ser más exactos.”
Susan había llamado a
la empresa para avisar de que ese día no
iría a trabajar. No había dormido ni una hora seguida, aquejada de horribles
pesadillas en las que se veía ardiendo y notaba como la piel se le iba
desprendiendo de los huesos y caía a sus pies en finas tiras. Por más que se
obligaba a pensar que todo era producto de su imaginación, cada vez que cerraba
los ojos para conciliar el tan ansiado sueño, sentía la temperatura subir
progresivamente hasta alcanzar una medida imposible de aguantar por cualquier ser
humano. Lo siguiente eran las convulsiones y el ser consciente de que
efectivamente su cuerpo se había convertido en una antorcha viviente. El horror
la paralizaba, y solamente podía observar con espanto su cuerpo deshaciéndose
por culpa del fuego, un fuego del que no conocía el origen y que la envolvía en
un aterrador abrazo de llamas al rojo vivo.
Mientras intentaba
calmarse con una taza de valeriana, escribía en su cuaderno la terrorífica
vivencia de aquella noche mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Tenía
que tomar una decisión drástica. No podía ser un caso aislado, seguramente
habría gente con experiencias similares, aunque no sabía por donde empezar a
buscarlas.
Habiendo agotado la
vía médica, decidió que lo suyo iba más allá de lo normal, por lo que dejó a un
lado su escepticismo y buscó en internet alguna asociación de psíquicos o
mediums que le inspirasen la suficiente confianza como para exponerles su
dolencia.
El resto del día lo
empleó buscando casos similares al suyo y las soluciones adoptadas por los
afectados.
Se interesó por el
caso de Nicolle Millet, muerta por combustión humana espontánea en 1725, así
como por el de la condesa de Cesena, hallada convertida en cenizas en su
dormitorio alguna noche anterior al año 1731.
Pero el caso que le
impactó de verdad fue el de Mary Reeser, en Florida. Además era relativamente
reciente pues había ocurrido en 1951. Esta viuda de 67 años parece ser que fue
hallada totalmente calcinada en una silla en un rincón de su habitación. El
cráneo estaba tan derretido que quedó convertido en una bola sin forma, y solo
fue identificada gracias a un pie. La policía de Florida determinó que se había
quedado dormida con un cigarrillo encendido que, prendiendo su bata, había
provocado tan tremendo incendio. Lo extraño es que éste solo afectó a la señora
Reeser y la zona donde se encontraba sentada.
Leyó con detenimiento
las explicaciones científicas del fenómeno. Excluyendo el asesinato, se
encontraba el llamado “efecto mecha”. Según éste, una fuente externa puede
prender fuego a una prenda vestida por la víctima. El calor va derritiendo la
grasa corporal subcutánea y hace que el cuerpo se queme a una temperatura menor
de lo que en teoría sería necesario, es decir, a menos de 1700 ºC, ya que la
grasa humana arde a 215 ºC o incluso menos si está embebida en una mecha.
Susan hizo un descanso
para prepararse un sándwich. Escuchó sonar el móvil varias veces, pero no
respondió, ni tan siquiera revisó quién había llamado. Estaba decidida a
encontrar alguna respuesta y a no pasar ni una noche más sin esperanza de
vislumbrar una pequeña luz al final de túnel. Le consolaba saber que a pesar de
haber sufrido varios episodios siempre se despertaba a tiempo de evitar una
muerte por ignición, pero no sabía hasta cuando seguiría controlando los
fatales efectos de su mal.
Intentó mantener la
mente fría y prepararse para seguir leyendo sobre el tema. No cesaba de tomar
apuntes de referencias a lugares y detalles de los casos con los que se
encontraba. Una vez agotada la vía científica, decidió pasar a la paranormal.
Intentó preparar su mente y abrirla a nuevas posibilidades. Era consciente de
que lo suyo se trataba de algo más que de tremendas pesadillas pasajeras, así
que se preparó para analizar todo tipo de explicaciones esotéricas.
Devoró el sándwich y
se acordó de que, al no haber ido a trabajar, no había recogido la edición
diaria del periódico al que estaba suscrita en la conserjería. Levantó el
auricular del teléfono fijo, imitación de los modelos antiguos de hierro forjado,
y marcó el cero haciendo girar la ruedecilla. Enseguida le atendió Wayne, el
conserje de la urbanización donde residía Susan.
- Buenos días, Wayne, digo… buenas tardes.
- Buenas tardes, señorita Howard – su voz sonaba animada - ¿en qué puedo ayudarla?
- Es que me olvidé de recoger hoy el diario, ¿podría subírmelo cuando le venga bien? No creo que salga hoy de casa.
- Claro que sí, no se preocupe – contestó servicialmente el conserje.
Buen muchacho, el
conserje.
COMBUSTION - CAPITULO IV -
GSMIGA
Cada vez que pasa ante mí experimento una mezcla de
sentimientos. Por un lado, admiro su silueta, sus facciones nobles y
atrayentes, sus andares flexibles y excitantes; por otra parte me impresiona su
mutismo, su falta de expresividad, su aparente distanciamiento.
Inaccesibilidad, en suma.
No me ocurre a mí solo, que soy un simple empleado, a cargo de los servicios del edificio de apartamentos BrisaCaribe, en cuya vivienda 3C reside la señorita Susan Howard; hace unos días, la señora Deolinda hizo un mohín desagradable al cruzarse con ella en el vestíbulo. Pude advertirlo claramente cuando las vi cruzarse, sin cambiar un saludo de cortesía, convertidas ambas en bloques de gélida indiferencia. Aunque, para ser sincero, más bien me pareció completo desinterés por parte de la señorita Howard, y resentido desprecio a cargo de la otra, que es dama bastante exigente y pagada de sí misma.
Ayer mismo, cuando me dirigía hacia la acera para recoger los cubos de la basura, la vi salir, ignorando ostensiblemente el atento saludo del señor Rodríguez, dueño de tres apartamentos de la cuarta planta, y sujeto agradable y comunicativo, que siempre tiene algún comentario ameno y sensato que hacer cuando se cruza conmigo o con cualquier otro habitante de la vecindad.
Y luego está su aislamiento social. Nunca he visto una carta personal en su correo; únicamente recibe comunicaciones bancarias o los recibos de las compañías de gas, luz y teléfono. Se diría que está completamente sola en el mundo.
Y no parece necesitar a nadie, ni parece importarle nada de lo que ocurre a su alrededor. Lo que contribuye a realzar el halo misterioso de su persona.
Pero a pesar de todo, no puedo dejar de preguntarme por qué motivo se comporta así. Y aún me impresiona el recuerdo de sus bellos ojos de mirada indiferente; y supongo lo que podría lograr con su belleza si solamente pusiese un átomo de humanidad en su expresión. Creo que muchos caerían rendidos ante ella con una simple mirada cortés. Pero no parece ser consciente de su atractivo, por falta de interés en los sentimientos que pueda despertar en los demás.
No, no me estoy enamorando. Solamente soy Wayne, el conserje. Y sé perfectamente cuál es mi lugar. Y si lo olvidase, el administrador del condominio me lo recordaría al momento. Además, ella nunca se fijaría en mí. Por otro lado, la vida a su lado sería una experiencia impactante. ¿Cómo se podría comunicar una persona de gustos sencillos y rutinarios con una esfinge hermosa y gélida?
No. Sería incapaz de soportar su mirada...Tampoco alcanzaría a intuir sus pensamientos. No habría la menor posibilidad de comunicación. Porque la hermosura inaccesible, telúrica e incomprensible, apoca y amilana a cualquiera que ose contemplarla de cerca, y mucho menos abordarla. Disuade.
Y sin embargo...la semana pasada la vi estremecerse. Unos muchachos hicieron estallar unos petardos que prendieron fuego a unos trozos de periódico que había en la acera y que me disponía a recoger. Tras apagar las minúsculas brasas y espantar a los zangolotinos le pedí disculpas por mi descuido. Bajó la cabeza y siguió adelante en silencio. Juraría que estaba pálida y temblorosa. Enseguida recobró el dominio de sí misma y subió a un taxi que la esperaba al borde de la acera. Mientras la vi partir me dije a mí mismo que había observado su primera reacción humana, aunque fuese de temor o aprensión. ¿O tal vez solamente alcancé a intuir lo que estaba esperando ver? ¿Qué misterio esconde la personalidad de esta muchacha? Difícil cuestión.
No me ocurre a mí solo, que soy un simple empleado, a cargo de los servicios del edificio de apartamentos BrisaCaribe, en cuya vivienda 3C reside la señorita Susan Howard; hace unos días, la señora Deolinda hizo un mohín desagradable al cruzarse con ella en el vestíbulo. Pude advertirlo claramente cuando las vi cruzarse, sin cambiar un saludo de cortesía, convertidas ambas en bloques de gélida indiferencia. Aunque, para ser sincero, más bien me pareció completo desinterés por parte de la señorita Howard, y resentido desprecio a cargo de la otra, que es dama bastante exigente y pagada de sí misma.
Ayer mismo, cuando me dirigía hacia la acera para recoger los cubos de la basura, la vi salir, ignorando ostensiblemente el atento saludo del señor Rodríguez, dueño de tres apartamentos de la cuarta planta, y sujeto agradable y comunicativo, que siempre tiene algún comentario ameno y sensato que hacer cuando se cruza conmigo o con cualquier otro habitante de la vecindad.
Y luego está su aislamiento social. Nunca he visto una carta personal en su correo; únicamente recibe comunicaciones bancarias o los recibos de las compañías de gas, luz y teléfono. Se diría que está completamente sola en el mundo.
Y no parece necesitar a nadie, ni parece importarle nada de lo que ocurre a su alrededor. Lo que contribuye a realzar el halo misterioso de su persona.
Pero a pesar de todo, no puedo dejar de preguntarme por qué motivo se comporta así. Y aún me impresiona el recuerdo de sus bellos ojos de mirada indiferente; y supongo lo que podría lograr con su belleza si solamente pusiese un átomo de humanidad en su expresión. Creo que muchos caerían rendidos ante ella con una simple mirada cortés. Pero no parece ser consciente de su atractivo, por falta de interés en los sentimientos que pueda despertar en los demás.
No, no me estoy enamorando. Solamente soy Wayne, el conserje. Y sé perfectamente cuál es mi lugar. Y si lo olvidase, el administrador del condominio me lo recordaría al momento. Además, ella nunca se fijaría en mí. Por otro lado, la vida a su lado sería una experiencia impactante. ¿Cómo se podría comunicar una persona de gustos sencillos y rutinarios con una esfinge hermosa y gélida?
No. Sería incapaz de soportar su mirada...Tampoco alcanzaría a intuir sus pensamientos. No habría la menor posibilidad de comunicación. Porque la hermosura inaccesible, telúrica e incomprensible, apoca y amilana a cualquiera que ose contemplarla de cerca, y mucho menos abordarla. Disuade.
Y sin embargo...la semana pasada la vi estremecerse. Unos muchachos hicieron estallar unos petardos que prendieron fuego a unos trozos de periódico que había en la acera y que me disponía a recoger. Tras apagar las minúsculas brasas y espantar a los zangolotinos le pedí disculpas por mi descuido. Bajó la cabeza y siguió adelante en silencio. Juraría que estaba pálida y temblorosa. Enseguida recobró el dominio de sí misma y subió a un taxi que la esperaba al borde de la acera. Mientras la vi partir me dije a mí mismo que había observado su primera reacción humana, aunque fuese de temor o aprensión. ¿O tal vez solamente alcancé a intuir lo que estaba esperando ver? ¿Qué misterio esconde la personalidad de esta muchacha? Difícil cuestión.
COMBUSTION - CAPITULO III -
RGRIVERO
Susie llegó a casa especialmente cansada. Desde que había
empezado a trabajar notaba la mente más ocupada, pero su cuerpo reaccionaba mal
a la nueva actividad. No es que necesitara el dinero, ya que sus padres la
habían dejado en una situación más que acomodada después de su muerte, pero
estaba convencida de que necesitaba un cambio en sus hábitos diarios para
evitar sucumbir a la angustia. La obligación de seguir un horario y de estar
pendiente del reloj hacía que su día a día no se centrara en su enfermedad y la
medicación que debía tomar para ¿qué?, para nada, pensaba. Sólo para hacerla
parecer un bicho raro entre sus compañeros de trabajo, por ejemplo, que bebían
una caña después de la jornada laboral mientras ella debía limitarse a pedir un
refresco.
Levantó uno de los cojines del sofá y sacó de debajo un
cuaderno de tapas marrones sujetas por una goma. Lo apoyó en la mesita y fue a
la cocina a prepararse un colacao. El café lo tenía también prohibido, así como
cualquier bebida excitante.
Agarrando la taza ligeramente templada con las dos manos,
abrió el cuaderno y leyó las anotaciones del día anterior. Era una terapia que
le había aconsejado uno de los muchos psicólogos por los que había pasado, y
reconocía que le consolaba. Escribir sus sentimientos hacía que algo tan
inexplicable y que no se atrevía a compartir con nadie de su círculo, la
tranquilizara y le sacara un peso de encima.
- Bueno, “Pelusa” – le dijo a la bola de pelo que se había
instalado a su lado en el sofá – vamos allá.
Anotó la fecha y los acontecimientos medianamente
relevantes del día.
“Hoy cobré mi primer salario. Me llevé una grata sorpresa
porque superé los ratios de producción y mi sueldo casi se duplicó. El jefe de
contabilidad, el señor… mmm… tendré que preguntar como se llama… se quedó muy
sorprendido, se lo noté en la cara. Sus facciones son agradables, me sorprende
que una persona así esté encerrada en un despacho. Creo que estaría mejor
trabajando cara al público. Pues eso, cobré y me fui a celebrarlo con las
compañeros al bar de Regina. Regina es un personaje. Tendrá unos cincuenta
años, pero viste como si tuviera veinte. Su pelo es rubio platino y trabaja
casi siempre en tacones y minifalda, de manera que llama mucho la atención. Sin
embargo parece ser que está felizmente
casada desde hace treinta años con un empresario adinerado que le montó el bar
porque estaba aburrida, según mis compañeros de trabajo. Hay que reconocer que
le da una nota de color con su apariencia, además de emitir ondas positivas con
su sonrisa picarona y sus provocativos vaivenes detrás de la barra. Pese a todo
no creo que pase de ser el inocente coqueteo de una mujer con síndrome de
“Peter Pan” que seguramente fue espectacular en su juventud y que se niega a
envejecer. Hoy mismo la vi poniéndole ojitos a nuestro jefe de contabilidad, el
cual se tomaba una caña fresquita para envidia de mi misma…”
Susie cerró el cuaderno. No se le ocurría mucho más que
escribir. El colacao estaba ya frío pero se lo bebió igualmente. La primavera
dejaba notar ya sus efectos y los días se volvían más calurosos, anunciando el
inminente verano.
Susie odiaba el verano. Y lo odiaba porque odiaba el calor.
Las manifestaciones de su enfermedad se agravaban con las altas temperaturas,
ya que alcanzaba los límites de la combustión con mayor facilidad.
Dejó la taza de colacao en el fregadero y se dirigió a la
cama. Su apartamento era pequeño pero constaba de un amplio salón separado del
dormitorio por un enorme y precioso biombo de madera tropical maciza. Los
techos de la vivienda eran altos, como solían ser los de las construcciones
antiguas como aquel edificio, y las ventanas, aunque estrechas, se elevaban
desde el suelo al techo, enmarcadas en madera blanca. Conectó el ventilador,
situado cerca de la cama, y se despojó de la fina bata de seda. Su cansado
cuerpo, solo cubierto por un fino camisón corto de algodón, se deslizó en las
frescas sábanas, disfrutando de ese momento de contraste de temperatura. Pronto
la tibieza de su cuerpo calentaría hasta la fina colcha, haciendo desaparecer
la sensación de frescura y elevando la temperatura hasta… ¿la combustión? Por
Dios, esperaba que no. Aquella noche no. Había pasado un día agradable y
tranquilo, ojalá su patología no volviera a estropearlo todo.
COMBUSTION - CAPITULO II -
GSMIGA
Hola, me llamo Leo, y soy jefe de
contabilidad de la fábrica de juguetes "La Gua-gua". Como todos los fines de mes, a media mañana empecé a pagar el
salario a los empleados. Nuestra empresa sigue una política salarial mixta: pagamos un estipendio fijo, complementado con un plus de productividad. Siempre me causan aburrimiento los días de paga. Pero cuando me disponía a dejar a mi ayudante a cargo de la oficina e ir a la cafetería a tomar una cerveza,
apareció delante de mi mesa una mujer muy atrayente. Era alta, de fina silueta y con unas facciones
regulares, pómulos altos y frente despejada, trigueña y con unos maravillosos
ojos color avellana. Aunque soy incapaz de calcular la edad de las mujeres, me
dio la impresión de ser muy joven.
-Buenos días, señorita, no recuerdo haberla visto antes. ¿Es nueva aquí?
-Es mi primer mes, señor. Trabajo en el departamento de estuchado.
Eché un vistazo a su ficha de productividad y quedé sorprendido, porque la muchacha doblaba su complemento productivo al nivel de su salario. Había producido más estuches ella sola, que todas las compañeras a las que había pagado hasta ese momento.
-La felicito, señorita...Howard...Susan... ¿Es usted inglesa?
-No, canadiense -dijo mirándome directamente-pero llevo ya diez años aquí.
-Pues...ha producido usted más estuches para juguetes que todo su departamento. Le ruego que firme la nómina...
Mientras firmaba, inclinada sobre la mesa, le vi en la muñeca izquierda una pulsera de oro con una sirena colgante. Le entregué su paga y me sonrió, mirándome otra vez. Me dio la impresión de que sus ojos estaban concentrados en una visión alejada del lugar en que nos encontrábamos; una sensación extraña me asaltó cuando al entregarle el sobre noté la palma de su mano húmeda.
-Adiós, señorita...Ho...
-Prefiero que me llame Susie, señor. Como todos.
-De acuerdo, Susie. Espero que el mes próximo vuelva usted a cubrir su extraordinario cupo de productividad.
Cuando se marchó comprobé que caminaba aprisa, y me dio la impresión de que sus hombros estaban rígidos. Como si estuviera atravesando un momento de tensión. Es posible que esté nerviosa debido a la novedad de su primer mes de trabajo -cavilé-; pronto se le pasará.
El resto de la mañana constituyó la reiteración de labores habituales, e intercambio de impresiones con los empleados conocidos que aprovechaban para hacer las normales chanzas acerca de la tacañería de la Dirección. Entonces, poco antes de las 14 horas, finalizado el abono de salarios del turno de mañana, pedí a mi ayudante que organizase el pago del turno de tarde que efectuaría según costumbre mi otro ayudante, a partir de las 15 horas. Y me fui a tomar la anhelada cerveza fresca que estaba necesitando.
Estaba acodado en la barra, metiéndome con Regina, y diciéndole que la minifalda con puntilla que llevaba la hacía parecer una niñita de primera comunión, cuando un rumor de risas y voces femeninas sonó a la puerta, haciéndome volver la cabeza. Y allí, a menos de seis pasos de donde estaba, volví a verla. A la señorita Susie, en unión de otras operarias que venía a tomar un tentempié antes de abandonar la fábrica. No pude evitar la tentación de mirar a la atractiva muchacha, y me causó sorpresa su actitud, completamente distinta de la que había percibido por la mañana. Ahora estaba relajada, no había tensión en su cuerpo, su melena se movía graciosamente al tiempo que conversaba animadamente con las otras chicas. Traté de fijarme en sus ojos, pero no conseguí observar su expresión. Me volví a Regina haciendo ademán de pagar mi consumición. Ella se echó atrás, y sonriendo pícaramente me provocó a que la mirase completa, y para mi estupefacción vi que la faldita con puntillas había desaparecido y ahora llevaba una estrecha banda de dril que escasamente le tapaba el comienzo de los muslos. Se volvió a la caja para darme la vuelta y pude divisar un panorama estremecedor...
-¿Qué te parece mi faldita?
-¡Buaaaaá! ¡Guau!
-¡Já, já, ja! ¡Te cambió el color de la cara triste que tienes siempre, muermo!
La dejé riéndose a mandíbula batiente. Es que las mujeres son la repera limonera. Enfilé la salida con el mejor de los ánimos.
-¡Que pase una buena tarde, señor!- Susie me saludaba animadamente. Entonces sí pude ver sus preciosos ojos, y...seguían mirando hacia un lugar...lejano, incógnito, probablemente secreto, que nadie podría conocer jamás.
-Adiós, Susie, disfrute de la tarde -respondí confuso, mientras pensaba que podría ser posible que aquella mirada esquiva, que parecía subyugarte, sin verte realmente, estuviese mirando su propio interior.
Le di vueltas a esta idea, pero al llegar al aparcamiento concluí que por mucho que cavilase no podría desvelar la intriga de aquellos ojos mirando...al vacío.
-Buenos días, señorita, no recuerdo haberla visto antes. ¿Es nueva aquí?
-Es mi primer mes, señor. Trabajo en el departamento de estuchado.
Eché un vistazo a su ficha de productividad y quedé sorprendido, porque la muchacha doblaba su complemento productivo al nivel de su salario. Había producido más estuches ella sola, que todas las compañeras a las que había pagado hasta ese momento.
-La felicito, señorita...Howard...Susan... ¿Es usted inglesa?
-No, canadiense -dijo mirándome directamente-pero llevo ya diez años aquí.
-Pues...ha producido usted más estuches para juguetes que todo su departamento. Le ruego que firme la nómina...
Mientras firmaba, inclinada sobre la mesa, le vi en la muñeca izquierda una pulsera de oro con una sirena colgante. Le entregué su paga y me sonrió, mirándome otra vez. Me dio la impresión de que sus ojos estaban concentrados en una visión alejada del lugar en que nos encontrábamos; una sensación extraña me asaltó cuando al entregarle el sobre noté la palma de su mano húmeda.
-Adiós, señorita...Ho...
-Prefiero que me llame Susie, señor. Como todos.
-De acuerdo, Susie. Espero que el mes próximo vuelva usted a cubrir su extraordinario cupo de productividad.
Cuando se marchó comprobé que caminaba aprisa, y me dio la impresión de que sus hombros estaban rígidos. Como si estuviera atravesando un momento de tensión. Es posible que esté nerviosa debido a la novedad de su primer mes de trabajo -cavilé-; pronto se le pasará.
El resto de la mañana constituyó la reiteración de labores habituales, e intercambio de impresiones con los empleados conocidos que aprovechaban para hacer las normales chanzas acerca de la tacañería de la Dirección. Entonces, poco antes de las 14 horas, finalizado el abono de salarios del turno de mañana, pedí a mi ayudante que organizase el pago del turno de tarde que efectuaría según costumbre mi otro ayudante, a partir de las 15 horas. Y me fui a tomar la anhelada cerveza fresca que estaba necesitando.
Estaba acodado en la barra, metiéndome con Regina, y diciéndole que la minifalda con puntilla que llevaba la hacía parecer una niñita de primera comunión, cuando un rumor de risas y voces femeninas sonó a la puerta, haciéndome volver la cabeza. Y allí, a menos de seis pasos de donde estaba, volví a verla. A la señorita Susie, en unión de otras operarias que venía a tomar un tentempié antes de abandonar la fábrica. No pude evitar la tentación de mirar a la atractiva muchacha, y me causó sorpresa su actitud, completamente distinta de la que había percibido por la mañana. Ahora estaba relajada, no había tensión en su cuerpo, su melena se movía graciosamente al tiempo que conversaba animadamente con las otras chicas. Traté de fijarme en sus ojos, pero no conseguí observar su expresión. Me volví a Regina haciendo ademán de pagar mi consumición. Ella se echó atrás, y sonriendo pícaramente me provocó a que la mirase completa, y para mi estupefacción vi que la faldita con puntillas había desaparecido y ahora llevaba una estrecha banda de dril que escasamente le tapaba el comienzo de los muslos. Se volvió a la caja para darme la vuelta y pude divisar un panorama estremecedor...
-¿Qué te parece mi faldita?
-¡Buaaaaá! ¡Guau!
-¡Já, já, ja! ¡Te cambió el color de la cara triste que tienes siempre, muermo!
La dejé riéndose a mandíbula batiente. Es que las mujeres son la repera limonera. Enfilé la salida con el mejor de los ánimos.
-¡Que pase una buena tarde, señor!- Susie me saludaba animadamente. Entonces sí pude ver sus preciosos ojos, y...seguían mirando hacia un lugar...lejano, incógnito, probablemente secreto, que nadie podría conocer jamás.
-Adiós, Susie, disfrute de la tarde -respondí confuso, mientras pensaba que podría ser posible que aquella mirada esquiva, que parecía subyugarte, sin verte realmente, estuviese mirando su propio interior.
Le di vueltas a esta idea, pero al llegar al aparcamiento concluí que por mucho que cavilase no podría desvelar la intriga de aquellos ojos mirando...al vacío.
COMBUSTION - CAPITULO I -
RGRIVERO
Susie
ya no podía más.
Los
sueños recurrentes la anulaban el día entero, impidiendo que hiciese una vida
normal. Estaba cansada de recorrer gabinetes de psiquiatría y de contar su vida
a personajes desconocidos que la miraban de manera inexpresiva mientras una
grabadora se interponía entre ellos. Nada anormal, una infancia tranquila, una
adolescencia quizá algo precoz pero sin sobresaltos y un comienzo de madurez
dentro de los parámetros de la normalidad. La salud bien, gracias, no tenía
problemas de amores y su trabajo en la fábrica de juguetes no revestía aparente preocupación. Susie era
sociable a pesar de que había tenido que adaptarse a un país hispano tras vivir
sus diez primeros años en Canadá, y su círculo de amistades, salvo alguna
excepción, no representaba ningún peligro para ella. Sin embargo algo no iba
bien. Periódicamente, el mismo sueño la atormentaba durante toda la noche,
haciéndola sudar y elevando su temperatura corporal hasta el riesgo de la
combustión espontánea. O eso le había dicho un pseudomédico indio al que había
acudido desesperada después de meses consultando a especialistas mentales.
Lógicamente ningún "comecocos" le había hablado de la posibilidad de
quemarse en vida, pero su preocupación se había disparado una noche durante la cual
se levantó ardiendo y fue corriendo a la ducha para observar, aterrada, como el
camisón hecho jirones resbalaba por su cuerpo mientras los chorros de agua de
la ducha se evaporaban instantáneamente al entrar en contacto con su piel.
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